LIBRO GRATIS: POR QUÉ VENDO MI VOTO

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Reproducimos, con autorización de su autor, el espléndido prólogo del Doctor Rafael Serrano Partida para el libro Porqué vendo mi voto (Jaime Pérez Dávila Coordinador) Una exploración cualitativa en la Zona Metropolitana del Valle de México para comprender a los ciudadanos que deciden vender su voto (Consensos, 2016), también con autorización, ofrecemos la obra completa para su descarga en PDF.

Del ogro que sobrevive
(Prólogo para comprender lo incomprensible)

El vetusto ogro, no necesariamente filantrópico, llamado PRI
anuncia que después de 87 años ejerciendo el poder y la hegemonía
en el país continuará con sus viejas prácticas, aquellas que
consisten en conservar el poder a toda costa renunciando incluso
a su pasado, alguna vez, revolucionario. Vemos con asombro que
este aparato ha logrado no sólo sobrevivir a la transición democrática
sino apoderarse de ella; interviniendo/trastocando sus
efectos positivos, ralentizando los cambios y pervirtiendo los
procesos de ciudadanización, adaptando su pasado autoritario a
la modernidad.1
El comportamiento electoral del México de los años de la llamada
“transición democrática” (2000-2012) nos muestra que el
PRI aun teniendo un descenso en su votación y de sus clientelas
(voto duro) ha logrado mantenerse como un partido hegemónico.
Los doce años de alternancia no extinguieron al PRI ni lo debilitaron
como para convertirlo en un partido minoritario aherrojado
a su pasado autoritario.2 Continuó gobernando la mayoría de los
estados de la federación y teniendo una bancada en el Congreso
y en el Senado que si no tenía o tiene la mayoría, tuvo y tiene los
recursos para ejercer liderazgo y obstaculizar oposiciones y cambios
estructurales verdaderamente democráticos: impidió a toda
costa que opciones que lo amenazaban de muerte triunfaran (las
coaliciones de izquierda en 1988, 1994, 2000, 2006 y 2012, por
ejemplo) y aceptó una “alternancia” con un partido de derecha
(PAN) que postulaba su mismo credo neoliberal.

Si recorremos el pasado reciente, lo que se ha llamado transición
democrática, encontraremos que el PRI perdió la presidencia
de la República en dos ocasiones (2000 y 2012) pero no la hegemonía
política del país. En el período de 1988 a 2012, el viejo
PRI remodeló su ideología, la cual pasó del nacionalismo revolucionario
al neoliberalismo, adscribiéndose fielmente a sus mantras
(austeridad, privatización de la vida pública y sometimiento
del Estado al mercado).3 Este tránsito ideológico y sus fracasos
políticos, sociales y económicos repercutieron en el descenso de
sus votantes: de obtener triunfos con más del 50 por ciento de
la votación (antes de 1988) a lograr minorías gobernantes con
el apoyo de partidos bisagras como el Partido Verde Ecologista
o el PANAL.4 Sin embargo, este descenso en su votación no le
hizo perder el poder y el control sobre el destino del país. Valdría
la pena preguntarse por qué y cómo este partido ha sabido no
sólo sobrevivir sino reconvertirse y encabezar gobiernos que se
alejan de sus principios fundadores. El PRI ha pasado de ser un
partido popular de masas/corporativo a un partido plutocrático
que defiende tesis neoconservadoras pero que paradójicamente
es votado por a aquellos ciudadanos que son afectados por esas
políticas: los pobres urbanos/rurales y con escaza educación.
¿Cómo es posible que esta paradoja habite la vida política de
México y sea la esencia de las contiendas electorales?; ¿cómo es
posible que los pobres e ignorantes voten por los políticos que
instrumentan políticas que hacen crecer la desigualdad y la marginación
y que tiene más de 30 años anunciando la prosperidad
que nunca llega y éstos sigan siendo votados, construyan mayorías
y permanezcan en el poder (en algunos estados no ha habido
siquiera una alternancia neoconservadora, es el caso del Estado
de México, Veracruz, Campeche, Colima Coahuila, entre otros)?;
¿Qué ha hecho el PRI y su cultura política para adueñarse del cambio
y secuestrar el sistema democrático convirtiéndolo en una
partidocracia que el lidera?
Llama la atención que pese a que el sistema de elecciones reporta
una mayoría opositora al PRI, ésta no pueda gobernar y si

gobierna ésta será un símil del priísmo, como sucedió con los gobiernos
panistas de 2000 al 2012.5 Más de la mitad de los votantes
mexicanos no vota por el PRI desde hace 12 años. Pero el PRI
gobierna. ¿Por qué? La respuesta se puede encontrar en los múltiples
pliegues o bucles de nuestra organización social: en el sistema
mismo de elecciones que a pesar de contar con autonomía ha
sido capturado/secuestrado por las burocracias partidistas; o en
una cultura clientelar y corporativa que el PNR/PRM/PRI construyó
desde su fundación en 1929 y que no se ha erradicado; o a la
derrota cultural que significa el no haber construido, en un siglo,
una democracia madura que sea el soporte de la prosperidad y
de la erradicación de la pobreza, de la disminución drástica de
la inequidad y de la desigualdad social; o de continuar viviendo
en la metafísica de un Estado de Derecho que no ha podido impedir
que la impunidad y la corrupción de los poderosos drenen
tanto la riqueza del país como la vida colectiva y la solidaridad
social; o el fracaso de los procesos de secularización que no han
construido ciudadanía pero han empobrecido la ciudadanía al cosificar
la vida política convirtiendo a los comicios electorales en
procesos de mercadotecnia donde los asuntos de interés público
o del bien común se banalizan o trivializan y donde existe poco
o nulo aprendizaje social (se habla de vender candidatos/partidos
y comprar/demandar voto); o por la confiscación/secuestro de la
vida pública realizada por un sistema de comunicación política
intervenido por medios de comunicación en manos de una plutocracia
que impide los diálogos raciocinantes y la construcción de
consensos legítimos y democráticos. En fin, por todo un melting
pot maquiavélico administrado por una oligarquía que cambia de
piel ante cada modernización fallida.
Este aggiornamento se ha basado en una perversa y eficaz
capacidad para manipular la voluntad popular, actualizando sus
métodos de acuerdo a la época y a las circunstancias sociales y políticas.
Convirtiendo sus procedimientos en cultura, en una manera
de vivir la democracia. Una cultura basada en la modernización
del añejo clientelismo y el corporativismo que administró el PRI

durante décadas. En todos los casos utilizando un discurso que
subsume/olvida los errores y los agravios cometidos por la clase
política (corrupción e impunidad) en una nueva promesa de futuro,
una utopía que se convierte siempre en distopía.6 Los procesos
de renovación de los gobiernos parecen ruecas o norias para
continuar llevando agua al molino de los grupos oligárquicos.7
Las elecciones se convierten en procesos tortuosos y caros,
en demagógicos procedimientos para preservar el poder más
que para innovar, transformar o sustituir a los malos gobiernos
y mejorar a los buenos. Se dirigen los mensajes/discursos a
una supuesta ciudadanía politizada cuando en realidad a lo que
se apela es a sostener una clientela despolitizada e ignorante. La
ciudadanía politizada hace tiempo que no vota por el PRI. Y se
habla, entonces, en clave demagógica, del respeto a la ciudadanía
y al voto soberano y se celebran las elecciones como fiestas de la
democracia. El PRI o su cultura inmanente han logrado que el sistema
político sea intervenido por las sofisticadas estrategias para
manipular a una vasta mayoría de ciudadanos ignorantes y pobres.
Y que los partidos políticos que compiten con el PRI usen
los mismos procedimientos/dispositivos clientelares convirtiendo
las contiendas electorales en mecanismos de compra-venta
del voto que impiden un aprendizaje social basado en el debate
y el consenso; alejándose del objeto central de la democracia:
la mejora de la vida en común, de la cosa pública (res-publica).
Finalmente al mercadologizar la vida democrática ésta se somete
a las leyes del mercado y a sus perversiones, llamadas eufemísticamente
competencia electoral. Se olvida que la democracia es
una construcción colectiva de acuerdo/consenso donde las mayorías
respetan y salvaguardan a las minorías. Y de que el objeto
de las elecciones es construir mayorías que beneficien a todos los
ciudadanos.
En este contexto, de miseria política y en la encrucijada que
actualmente vivimos (no saber a dónde caminar),8 es pertinente
conocer (entender/comprender) cómo funcionan los mecanismos
que impiden que la democracia funcione y que ésta ofrezca

sus frutos: la mejora de la gobernanza. Entender/comprender la
manera en que se manipula y se obtienen los votos es una tarea
significativa y polémica. En el caso de México cobra particular
importancia dado que existe polémica respecto a si México vive
una democracia en proceso de maduración o si ésta ha sido obturada
o incluso aplazada ad kalendas graecas.
Al buscar información sobre cómo el sistema político representativo
(partidocracia) de México se ha apoderado y pervertido
los procesos electorales, nos encontramos con tesis que mencionan
que la compra-venta del voto es un mecanismo o proceso
irrelevante o con pocas evidencias como para que el sistema electoral
pierda su legitimidad y anule el proceso democrático;9 estas
visiones señalan que otros comportamientos ciudadanos como el
abstencionismo y la anulación de los votos son más deslegitimadores
que la compra del voto; ya que estos expresan conductas
pasivas (sic): a-partidismo o apoliticidad.10 Por tanto, la compra
de voto es una conducta “activa” de los ciudadanos (sic).
Otros describen la compra del voto como un procedimiento
pragmático, una distorsión del sistema y un mal menor, que demuestra
que la democracia es el mejor procedimiento disponible
para organizar a la sociedad. La compra de votos es un indicador de
que la idea neoliberal del “mercado libre” se ha convertido en paradigma
en las elecciones e incluso, se indica, que la compra-venta
del voto es inherente a una sociedad de individuos que ejercen su
derecho a elegir. El mercado electoral se concibe como el espacio
libre de las relaciones intersubjetivas entre personas/ciudadanos.11
Por tanto, el vender o no vender (“regalar”) el voto es un acto libre
del ciudadano, su uso depende de la volición individual, de la
“decisión” del elector. Es propio de la libertad elegir y por tanto
decidir entre vender o regalar el voto. En este razonamiento, radical
individualista, el elector/ciudadano es el único responsable del
buen uso o mal uso de su voto. El sistema democrático queda liberado
del lastre sucio de la compra-venta del voto. El voto es universal
y secreto y compete a la esfera individual, libre, del ciudadano. La
democracia de mercado lo garantiza.

Sin embargo, la compra-venta del voto es un acto ilegal e
inmoral que se caracteriza por ser opaco e informal, cuyo monitoreo
es problemático ya que lo que se intercambia es una mercancía
ilegítima que contraviene normas y leyes.12 La compra del
voto se ubica en los pantanos de la informalidad, de la opacidad y
refiere, sobre todo en el caso de México, a la desigualdad política
y social.13 Describe la orfandad de una ciudadanía ignorante, despolitizada
y hastiada de la política y de los políticos.
Este contexto y mar de preguntas se ubica el reporte/libro
que prologamos: Por qué vendo mi voto. Una exploración cualitativa
sobre los escenarios y las razones a partir de las cuales se decide
vender el voto en la Zona Metropolitana del Valle de México (Reporte
de investigación). Es una investigación que nos arroja luz sobre ese
mercado opaco, ilegal e ilegítimo que es la compra-venta del voto.
Nos permite entender/comprender un complejo proceso que
muestra la capacidad manipuladora de los equipos de campaña
de los partidos políticos, de sus dispositivos y de su pragmatismo
(razón instrumental); así como la manera en que una ciudadanía
infante se somete y se despoja de su voluntad política. Nos dibuja
las actitudes de algunos ciudadanos con respecto a lo significa
votar y nos hacer ver que ante la carencia de principios democráticos,
pesa/decide el pragmatismo y el utilitarismo. Nos muestra
cómo se desvaloriza el voto y cómo este proceso se escinde de su
finalidad ética: elegir a los mejores para lograr la prosperidad de
todos.
Por qué vendo mi voto también nos ofrece algunas claves para
conocer porqué se ha trabado el proceso democrático mexicano:
no sólo por los rotundos y claros fracasos de las políticas públicas
sino porque las promesas de campaña son incumplidas una
y otra vez; porque finalmente sus beneficios prometidos siempre
quedan a deber, son cortos y la prosperidad no llega; los gobiernos
elegidos terminan nadando en la incompetencia y en la
corrupción. Lo que genera en el ciudadano hartazgo y una gran
desconfianza en los políticos, en sus organizaciones; que engendran
conductas solipsistas que pocas veces se analizan en sus

efectos devastadores.14 En este sentido, tampoco el voto de castigo,
la dispersión del voto ni el voto nulo logran enderezar o solventar
el proceso democrático.15 A ello contribuye, sin duda, un sistema
de justicia más bien dedicado a legitimar un proceso electoral
enredado en las formas, perturbadoramente perversas; y que un
omnipresente sistema mediático, mediador supremo de todos los
discursos, alimenta en el imaginario social.
También, Por qué vendo mi voto nos indica dónde anida la
compra del voto: en los veneros, a veces enormes, donde la indecisión,
el abstencionismo o el uso utilitario del voto nutren al sistema
plutocrático y lo robustecen. Por el tamaño de esos veneros
se puede medir el tamaño del fracaso del proyecto democrático.
Interpretando el estudio, inferimos que el fracaso democrático se
expresa en rituales cosificados o reificados.16 La rueca de los calendarios
de elecciones son procesos fuertemente ritualizados que
anuncian interminables procesos burocráticos encabezados por
instituciones autónomas que encarecen e intervienen el proceso
democrático (el INE, los institutos electorales estatales y los tribunales
electorales) y que no siempre logran expandir o garantizar
la legalidad de las luchas electorales. Más bien en los últimos años
estas instituciones han habitado la polémica y la controversia;
han perdido confianza/credibilidad y legitimidad. Cada proceso
electoral crea más hartazgo y descrédito en el electorado porque
en realidad son rituales que reiteran el fracaso en la construcción
del bien público: se pasa de la promesa al incumplimiento y al olvido
y de nuevo a la promesa, etcétera. Estos rituales son ciclos de
promesas, compromisos renovados perpetuamente y que una vez
incumplidos o medianamente cumplidos, caducan ante el nuevo
ciclo democrático que exige nuevas promesas y compromisos. A
eso se le llama competencia electoral.
De igual manera, al leer Por qué vendo mi voto nos damos
cuenta de que se ha perdido o cosificado el debate sobre el sentido
del poder, el debate sobre la cosa pública, que implica la controversia
y la diferenciación para establecer la diferencias entre
un proyecto político u otro y para identificarse con el carisma

de una candidato. Esta pérdida también tiene que ver con una
ciudadanía degradada y políticamente analfabeta. Al revisar las
lexías del trabajo encontramos lo mismo ignorancia que orfandad
pero también un cinismo ingenuo donde justificar la irresponsabilidad
a la hora de votar.
Cualquier encuesta a la mano nos mostrará que la ciudadanía
mexicana tiene un exiguo conocimiento sobre los candidatos, los
proyectos, la ideología o la historia, siquiera reciente, de los partidos;
de su oferta y proyecto político. En este sentido, el estudio
de Por qué vendo mi voto, nos revela que el comportamiento de la
ciudadanía que vende su voto denota un individualismo numantino
cercado por la endogamia (“mi familia”). Al parecer, la vida
privada (bios oikos) ha sido penetrada por el paradigma neoliberal
y la ha privatizado: yo veo sólo por mi familia y veo al entorno
como un territorio hostil donde en lugar de convivir sobrevivo. La vida
pública es un espacio para desconfiar y no un lugar para confiar
y progresar, realizarse. Esta vida endogámica, nos dice el estudio,
tiene una actitud presentista, donde la ausencia/olvido crónico de
la historia de su colectivo próximo modela los comportamientos
y abate las formas colectivas basadas en la solidaridad y el trabajo
común para resolver los asuntos públicos. El estudio nos perturba:
los ciudadanos que venden su voto hace tiempo que abandonaron
la solidaridad o la dejaron para enfrentar solamente las catástrofes
(los sismos, las inundaciones y las pandemias). A ello contribuye
la ignorancia casi absoluta sobre lo que ha sucedido en la vida y la
historia de su comunidad, su ciudad y de su país.
Ante esta amnesia y viviendo la anomia social emerge en el
ciudadano la desconfianza y la incredulidad pero también la sumisión
y la orfandad política. Este panorama nos habla de una
derrota cultural (Sergio Aguayo) que se manifiesta en un infantilismo
político perpetuo, fácilmente manejable o tutoreable por
las agencias partidarias y el poder mediático. La formación del
ciudadano es una entelequia, otra promesa incumplida de la retórica
del establecimiento que ha hipostasiado en abstracto al ciudadano.
Más bien lo que encontramos es una ciudadanía dividida

entre los que viven o quieren vivir la democracia y los que hace
tiempo que renunciaron o simplemente nunca accedieron a ella.
Sería conveniente que supiéramos de qué magnitud es la despolitización
de los mexicanos y cuántos son los que no han perdido la
memoria política y cuántos los que habitan los páramos del analfabetismo
político.
Por qué vendo mi voto, nos da elementos para demostrar que
las elecciones se vuelven tautologías políticas para la conservación
del statu quo. Los políticos apenas recién electos comienzan
a desdibujar sus promesas. Ante el día a día, la emergencia y las urgencias
de las demandas ciudadanas, la real politik desestructura
el discurso de la promesa y se deposita en la jaula de hierro social,
la estructura social inmanente, que apresa y somete la novedad, el
cambio y disuelve toda promesa o utopía. Basta con identificar lo
que decía/prometía cualquier príncipe moderno cuando asumía
el poder para observar la magnitud de la brecha que existe entre
el decir y el hacer. La realidad y su jaula de hierro someten a la
promesa electoral y ésta disuelve la confianza, la credibilidad; y se
dilapida el “bono democrático” con el que emerge un triunfador
en las urnas. La fecha de caducidad de las promesas se acorta casi
al momento de la toma de posesión del candidato electo.
Pero también, los estudios nos demuestran que los ciudadanos
están fragmentando su voto y ausentándose de las urnas.
Existe una descomposición del voto que se manifiesta en una
dispersión. Las mayorías no llegan a ser absolutas y se gobierna
con mayorías minoritarias, con márgenes de victoria que exigen
a los partidos concertar y ceder, en los términos del sistema; y
cuya finalidad es preservar los aparatos electorales, los cuales están
alineados a la casta oligárquica en turno (ayer el alemanismo,
el salinismo, el foxismo y hoy el grupo Atlacomulco) que controla
los sistemas electorales (la partidocracia), los medios de comunicación
y los grupos corporativos, es decir, el poder real. En este
proceso de fragmentación y dispersión/control del voto ciudadano,
la compra del voto puede ser marginal pero es sin duda es
un recurso estratégico para ganar elecciones “competidas”. Esto se

puede corroborar cuando las distancias son menores al 5% de la
votación; por ejemplo, en las pasadas elecciones para gobernador
de Colima (2015 y 2016), en las de Durango hace 6 años o en las
presidenciales de 2006, etcétera.
Ante este panorama, el estudio realizado no coloca en un paisaje
desolador: ¿Dónde encontrar alguna esperanza que modifique
este proceso? El estudio no nos ofrece una respuesta extensa
sino una lacónica:
“Pero debemos de ser claros, para las ciencias sociales, todos estos
problemas pueden técnicamente ser resueltos, pueden encontrarse sin
lugar a dudas, una y mil maneras de solucionar estos males que aquejan
al territorio nacional. La ciencia siempre es portadora de esperanza,
y por supuesto que los diferentes profesionales de las ciencias de la
sociedad, pueden crear las metodologías que nos saquen de nuestros
problemas. Pero, debemos puntualizar, que dado que el avance científico
no es el problema para salir adelante como país, el verdadero
freno lo vemos en el atraso de unas relaciones sociales impositivas que
caracterizan a nuestra organización social. En este renglón, lo que se
percibe es la existencia de un conjunto de grupos sociales en el poder,
que están haciendo todo lo posible y lo imposible, para que no se produzca
ningún cambio en nuestro país”. 17
Sin duda, el texto que ustedes lectores tienen en sus manos
es un acto de comprensión que nos ofrece datos y modelos para
interpretar una de las facetas de la vida y la historia de México y
de su incumplido proyecto para convertirse en una nación fraterna,
solidaria e igualitaria. Nos explica porque ha fracasado el proyecto
democrático en México. Este estudio surgido de un trabajo
para aprender, una materia de un currículo de una licenciatura,
nos demuestra que desde la humildad de un espacio como el aula
se pueden dar grandes explicaciones sin recurrir a ninguna parafernalia
académica. Fue realizado por un grupo de estudiantes
de la Universidad Nacional Autónoma de México (FES/Acatlán)
dirigido por el maestro Jaime Pérez, que desde la desilusión del
porvenir todavía tiene el coraje de explicar el mundo y de ofrecernos
un fresco de la sociedad que habitamos.

Describe con maestría fundamentada sus hipótesis, el método
empleado, y con asiduidad y pertinencia, muestra sus hallazgos.
Lamentablemente nos descubre un México hundido en
la desesperanza, atado a una rueca que será muy difícil de superar.
Su escepticismo, sin embargo, es activo y sus beneficios son
pequeños pero profundos: primero, en sus alumnos que habrán
obtenido herramientas para comprender el complejo mundo que
les tocó vivir y segundo, para ofrecer a los otros lectores y a sus
colegas, no sólo información, método y análisis que nos permita
quitarnos las ataduras de la desilusión y el fracaso permanentes
sino didácticas para seguir formando espíritus críticos. Y finalmente,
tercero, porque la investigación realizada por el maestro
Pérez reivindica nuestro derecho a rebelarnos, a montar en cólera
y manifestarnos profundamente inconformes, nos da elementos
para crear estrategias de resistencia y de sobrevivencia. El texto
implícitamente nos invita a trabajar en los bucles de las organizaciones
sociales, donde se encuentran las astillas de un futuro por
construir que esperamos nos sea, por fin, propicio.

Rafael Serrano
Ciudad de México, primavera de 2016.

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