Cuando la tierra nos movilizó El sismo del 19 de septiembre de 2017

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Brenda Perea

“Si hay alguien ahí llore, grite, muévase o  hable, Si hay alguien ahí llore, grite, muévase o  hable,  Si hay alguien ahí llore, grite, muévase o  hable”

Martes 19 de septiembre de 2017 Después del sismo que ocurrió alrededor de las trece horas en la capital de México, la ciudad se tornó muy caótica; el transito era muy lento, y en la calle se encontraban numerosos empleados y estudiantes caminando por periférico, a la altura de Picacho Ajusco y Perisur, ya que era más fácil avanzar a pie que en transporte público.

Algunos de mis amigos se encontraban en la ENAH, puesto que teníamos entrenamiento de rugby programado a las cuatro de la tarde, no dudé mucho y al salir del trabajo me dirigí hacia allá con mi compañera Fernanda, llegando a dicha institución, nos dimos cuenta que había sido desalojada porque el edificio principal tenía daños estructurales que debían ser revisados por protección civil.

Mi casa y la de mis compañeros estaba muy lejos, el tránsito seguía a vuelta de rueda, por lo que decidimos contactar a un camarada del rugby que vive muy cerca de la ENAH para que nos permitiera pasar la tarde en su hogar mientras todo se calmaba. Preparamos algo de comer y nos asegurarnos que nuestros familiares y amigos estuvieran bien, la comunicación vía telefónica era imposible pero afortunadamente el WhatsApp (wapp) y Facebook (FB) funcionaban muy bien y nos permitieron mantener contacto con varias personas.

Dieron las cinco de la tarde y gracias al uso del dispositivo móvil nos percatamos de algunas llamadas de apoyo que empezaron a ser publicadas en Facebook, nuestros contactos hablaban y compartían fotografías, videos y comentarios sobre los daños que había causado el sismo en la ciudad, sobre todo en la colonia Roma, la Condesa, Polanco y Coapa. También mis contactos de wapp mandaban mensajes señalando la situación de la ciudad de México después del sismo, hubo uno que nos impactó mucho, el cual decía que la escuela Enrique Rébsamen se había derrumbado, algunos niños y maestras habían quedado atrapados bajo los escombros, solicitaban con urgencia ayuda para levantar los desechos de la construcción. Decidimos ir a apoyar, compramos agua para donar, tuvimos que ir a pie, pues no había otra manera de llegar. En nuestro caminar, no dejaban de sonar las sirenas de las ambulancias, algunos vecinos de la colonia Isidro Fabela habían salido a periférico para abastecer de agua potable a la gente que transitaba hacia sus hogares, de igual manera, algunos automóviles o camionetas subían a los caminantes y los acercaban a su destino, comenzaba a respirarse un poco de solidaridad ante tal tragedia.

Luego de caminar varias horas, llegamos al estadio azteca, había ya demasiada gente, de pronto, pasó una camioneta con picos y palas, nos acercamos al conductor y le preguntamos que, si su destino era la escuela Rébsamen y si nos podía llevar en la parte trasera, el chofer amablemente aceptó transportarnos y junto con otras personas nos subimos en la cajuela. Mientras viajábamos en la camioneta pude notar que las farmacias y varios negocios habían sido cerrados, sin embargo, las tiendas Oxxo no tenían servicio, pero los trabajadores abastecían a los voluntarios de hielo y agua para que llegaran con premura al colegio, también, se veía transitar a la gente con garrafones de agua, material curativo, algunos ciclistas transportando víveres, etcétera.

Cuando llegamos al lugar, el sitio estaba repleto de gente, algunos voluntarios se encontraban entre los carros pidiendo los materiales que más se necesitaban (linternas, pilas, impermeables, insulina y tanques de oxígeno), tenían entre sus manos una cartulina con la palabra escrita “Necesitamos ayuda” entre los gritos de los civiles que solicitaban materiales, el transito provocado por la multitud de gente y las escasas vías de transporte, se hacía más tortuosa y caotica la escena, era imposible no darse cuenta que en verdad ¡Éramos demasiados! Llegué a sentir que lejos de ayudar estorbábamos, dejamos el donativo y empezamos a buscar algún otro lugar dónde se necesitara ayuda, pero las publicaciones de FB y algunas personas que venían de otros lugares (como Galerías Coapa, el multifamiliar de las Torres, el Tecnológico de Monterrey, etc.) decían que había demasiadas personas en los aquellos sitios y que si no estabas cerca no tenía caso que intentaras moverte, por lo que tuvimos que regresarnos, en el camino vimos muchos edificios destrozados o acordonados, gente de un lado para otro, carros parados, más gente caminando, más edificios desechos, otros edificios acordonados, algunas fugas de gas, más gente, más escombro, no quedaba más que seguir caminando…

Llegamos a casa de mi compañera de trabajo y amiga incondicional Fernanda ubicada en Avenida Miguel Ángel de Quevedo a las once y media de la noche, ya era imposible regresar a nuestros hogares por lo que ella y su esposo nos permitieron pasar la noche ahí, cenamos un poco, platicamos sobre lo que había ocurrido, seguíamos asombrados, el ambiente que se respiraba era muy tenso, intenté dormir un poco, me sentía muy cansada, pero fue imposible hacerlo, mi cabeza no dejaba de pensar en las personas que se encontraban bajo los escombros, la gente que no encontraba a sus familiares, los muertos, los heridos, las personas que habían perdido su casa, sus pertenencias, su tranquilidad…. Las publicaciones que leía en FB no me ayudaban, eran desalentadoras, las sirenas seguían sonando, las imágenes de las noticias demostraban que la ciudad y sus pobladores habían sufrido muchos daños, pude conciliar el sueño como eso de las cuatro de la mañana, lo único que quería era que ese día terminara.

Jueves 23 de septiembre de 2017

Me dirigí hacia el centro de acopio que se había formado cerca de mi hogar, en la casa popular de la delegación Magdalena Contreras, dejé algunos víveres y me quedé un tiempo esperando para ver si podía ayudar en algo, pero estaban sobrados de manos, así que tuve que regresar a mi domicilio puesto que no podía hacer más.

Viernes 22 de septiembre de 2017

Un compañero de rugby escribió en el grupo de wapp del equipo que, en el Multifamiliar de Tlalpan, ubicado entre Calzada de Tlalpan y Av. De la Torres, se necesitaban con urgencia carpinteros y apuntaladores para el turno nocturno, eran las 7:30 de la tarde cuando leí el mensaje junto con mi compañero de vida Dante, le preguntamos si él estaba en el lugar y si la información era verídica porque nos habíamos dado cuenta que el envío de información era tanta que en algunas ocasiones se trataba de información falsa o de datos pasados. Nos comentó que él estaba ahí y que en verdad se requería la ayuda, decidimos acudir, Dante tomó su casco, botas, lentes, chaleco, guantes y ropa de trabajo, yo por mi parte, arreglé una maleta con chamarras e impermeables. Llegamos al lugar a las nueve de la noche, el transito seguía fatal, algunos tramos los tuvimos que caminar para llegar lo antes posible. Una vez en el multifamiliar se escuchó una voz que decía: “Necesitamos: carpinteros, apuntaladores e ingenieros, ¡es urgente!” Dante alzó la mano y dijo: “Yo soy carpintero”, lo pasaron inmediatamente, yo me quedé esperándolo porque no dejaban pasar a los demás civiles, le tomaron la presión y el ritmo cardiaco, regresó hacía donde yo estaba para despedirse de mí y avisarme que iba a entrar, me dejó su mochila y justo cuando se iba una señorita dijo: “Necesitamos un voluntario”, había muchísimos, Dante rápidamente  le comentó que él era carpintero y que yo era su esposa que si podía dejarme pasar y ser voluntaria, la chica le contestó que necesitaban a un hombre, pero de cualquier manera me dejó entrar a la segunda fase, permanecí ahí con otros veinte civiles, un 60% eran hombres y un 40% eran mujeres, a mi lado había algunos voluntarios de la marina que apenas contaban con los 20 años de edad, también habían médicos y paramédicos esperando su turno para apoyar en lo que fuera necesario.

Lo que dividía a la primera fase de la segunda eran unas vallas custodiadas por ocho soldados del ejército mexicano quienes se coordinaban con sus capitanes, el personal de protección civil y los coordinadores de brigadas, pasaron algunas horas desde que Dante había entrado a la primera fase y yo me quedé en espera, la verdad no sentía frío, aunque el aire sí que lo estaba, la comida y el café no dejaban de circular, toda la gente del lugar estaba a la expectativa.  Como a eso de la una de la mañana un soldado alzó el puño, la señal de silencio, todos enmudecieron, nadie se movía, pero los carros no dejaban de circular y hacer ruido, se tuvo que armar una comitiva para solicitar que apagaran los motores y permanecieran en silencio y así los rescatistas japoneses  pudieran trabajar, transcurrieron treinta minutos más y volvieron a alzar el puño, ahora sí todo permanecía en completo silencio, a lo lejos se escuchaba la voz de una persona diciendo: “Si hay alguien ahí llore, grite, muévase o  hable, Si hay alguien ahí llore, grite, muévase o  hable,  Si hay alguien ahí llore, grite, muévase o  hable”, palabras que daban esperanza, algunos rezaban otros miraban hacia la fase uno pero era imposible ver qué estaba pasando…siguió pasando el tiempo…. volvieron a pedir silencio, esta vez por cinco minutos más o menos, en ese tiempo se escuchó el ladrido del perro rescatista, nuevamente la esperanza latía en nuestros corazones…. Pasó un poco más de tiempo y nuevamente alzaron el puño, otros ladridos sonaron, éstos últimos estuvieron acompañados de aplausos, los rescatistas habían encontrado a una persona con vida, luego de un rato, los coordinadores pidieron voluntarios para recoger escombro y algunas ramas, así fue como entré a la primera fase, pude ver un enrome contraste, parecía un mundo nuevo, el reflector de luz jugaba con la madrugada puesto que daba la impresión que en esa fase eran las 2 de la tarde y no de la mañana, había demasiada gente trabajando; carpinteros, voluntarios, ingenieros trabajando a ritmo constante, los rescatistas por un lado buscando maneras de entrar en aquel edificio que parecía un sándwich de loza, la presión con que las personas se movían era notoria. Algunos voluntarios y yo sacamos los escombros y las ramas de los árboles que habían sido retiradas, cuando terminamos de hacer eso, volvimos a la fría y oscura madrugada, en espera de otra solicitud de apoyo. Después de dos horas y de peticiones de silencio constante, lograron rescatar a una persona con vida, me di cuenta de ello porque volvieron a sonar aplausos y la ambulancia que había permanecido inmóvil por mucho tiempo entró a la fase uno, pero ya no salió, luego me enteraría que evacuó del otro lado de donde yo me encontraba. Se escuchaba el rumor de que los rescatistas lograrían salvar una vida y se percatarían que bajo los escombros había otras dos personas más.

Dante salió como a las ocho de la mañana, cuando lo vi estaba cansadísimo, me comentó que no era un cansancio físico sino mental, sabía que las estructuras que estaban haciendo no podían caerse porque ello pondría en riesgo la vida de los rescatistas y apuntaladores, también me dijo que los carpinteros que estaban trabajando con él le habían dicho que un día antes el ejecito había parado labores, su objetivo era meter maquinaria pesada a recoger escombros, pero una vez entrando la maquinaria iba a ser imposible rescatar a los cuerpos y a la gente que aún se encontraba con vida, por ello, las personas y los vecinos que se enteraron de tan atroz decisión manifestaron su inconformidad e impidieron que el ejército actuara de esa manera, exigieron que dejaran trabajar a los rescatistas y gracias a eso se pudieron salvar más vidas.

Opcional para publicación.

Domingo: 24 de septiembre al 1 de octubre de 2017

Al ver que había demasiada gente ayudando y que en las calles sobraban voluntarios, decidí hacer algo de trabajo lejos de los lugares donde estaba el caos, acudí a la ENAH pues me había enterado por un amigo cercano al rugby que se creó un centro de acopio en esa institución y que necesitaban manos. Llegando a la ENAH me percaté de la existencia de varias comitivas organizadas en: herramientas, alimentos, ropa y medicamento, una vez ahí te canalizaban en el rubro donde hiciera falta apoyo.

El centro de acopio estaba a cargo de 7 alumnos de la escuela de las licenciaturas de arqueología, etnología y antropología física y de algunos profesores y empleados de dicha dependencia, cabe destacar que la realización del centro fue respaldada por la directora Julieta Valle y el INAH.

Los coordinadores del acopio se encargaban de buscar contactos y lugares donde se requería ayuda, se propuso apoyar no solo a la Ciudad de México sino también a los estados de Oaxaca, Puebla, Chiapas y Morelos, las redes sociales como Facebook y Wapp fueron de gran utilidad puesto que gracias a ellas se pudo fomentar una red de apoyo entre varias personas que tenían contacto directo en las comunidades, con otros centros de acopio y con brigadistas dispuestos a colaborar en lo que hiciera falta.

Así el centro de acopio de la ENAH colaboró con el CIESAS, villa olímpica, la UNAM para aportar, recibir o enviar vivieres, herramientas o medicamentos a los lugares donde no había llegado la ayuda.

El entrenador de rugby de la escuela y yo estuvimos a cargo de la comitiva de herramienta, nuestra labor consistía en contabilizar y acomodar todo el material que había llegado o había sido donado, también buscamos algunos lugares donde se requerían herramientas, especialmente pudimos percatarnos de donde se necesitaban los materiales gracias a la comunicación con nuestros contactos de Facebook o wapp y finalmente, proveíamos a los brigadistas que salían de la ENAH con equipo como guantes, cascos, chalecos, lentes e impermeables para resguardar su seguridad. Esta labor la hicimos del 24 de septiembre al 1 de octubre de 2017, lamentablemente los últimos días de septiembre el acopio recibió con menor frecuencia apoyo y tuvo que ser cerrado.

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