Crónica del sismo

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María Gala Menéndez Zárate

…unos descansaban en el filo de las banquetas con su casco y sus palas, otros repartían desde tortas hasta comida corrida, pan dulce y mole entre otras cosas, los menos transitaba con materiales de curación o botellas de agua.

Martes 19 de septiembre. Salimos del Colegio evaluando rutas de transporte, estábamos al sur de la ciudad y de Picacho Ajusco corrían ríos de multitudes y automóviles, los primeros avanzábamos con mayor velocidad. Los camiones repletos de pronto desaparecieron. No teníamos señal y nos enterábamos en la radio de algunos autos y puestos de comida sobre periférico, el internet era intermitente. Ese retorno a casa parecía un éxodo, nos urgía saber de nuestros familiares y mascotas, después de nuestras casas. Los trabajadores que caminaban junto a nosotros se preguntaban por sus hijos en tanto esperaban que las altas direcciones de sus empresas decidieran dejarles el día.

Escoger la ruta y el medio de transporte resultó aún más azaharoso que de costumbre porque sabíamos que varias opciones no estaban disponibles, aunque no con certeza. Si nos encaminábamos a insurgentes podría funcionar el Metrobús o caminaríamos en línea recta hasta la Narvarte o la Roma, sabíamos que andaríamos a pie al menos dos horas más. A la altura de Perisur unos pequeños contingentes de personas en el camellón cargaban letreros con nombres “Chapultepec” “Taxqueña” “Zapata”, estaban buscando un aventón. Cruzamos la lateral de manera anárquica junto con otros que se animaban a separarse del contingente peatonal y algunos automóviles se acercaban a anunciar su destino “Coapa” “Satélite” “Viaducto Tlalpan”, en este último abordamos tres mujeres jóvenes, una mujer de unos 40 años conducía y dos de la tercera edad iban en la parte de atrás. No nos importaba llegar al centro, solo salir del sur.

Ninguna se presentó, estábamos atentas a la información que corría a cuenta gotas de la radio, con la poca señal de internet que tenía nos enterábamos de lo que mis contactos compartían. Paralelamente me comunicaba con mis familiares por Whatsapp, yo sabía que el teléfono estaría saturado, así que ni siquiera intenté marcar. En Facebook, cuando pudo actualizarse, supe del primer intento de organización: mis compañeros de la facultad que se encontraban en CU convocaban a organizarse en brigadas.

A las 4:30 de la tarde, mi compañera y yo nos separamos en Tlalpan, habíamos tomado un autobús y Tlalpan estaba cerrado, a ella le urgía saber la situación de su edificio y de sus gatos; yo preferí no abonar a tránsito con rumbo al centro y me dirigí a Coapa con unos familiares, además, quería verificar la situación del sur que se rumoraba grave según las crónicas en la radio.

Caminé por Acoxpa, las farmacias tenían largas filas de clientes, las tiendas de conveniencia estaban cerradas, así como las plazas y otros comercios. Casi llegando a Miramontes se advertía la congregación de personas, entonces confirmé lo que los reporteros en helicóptero habían dicho: había un mar de personas. El foco de atención era el colegio Rébsamen, se veía a las personas llegar con palas y botellas de agua, otros, más escasos, con material de curación y otras herramientas. Voluntarios con chalecos fosforescentes y cascos dirigían el tránsito, otros sostenían cartulinas con los materiales que se necesitaban. También estaban los espectadores: la mayoría serenos y atentos, otros lloraban. Llegó una tercia de camiones de maquinaria (desconozco su utilidad) de la cual descendieron unos diez sacerdotes. No supe por qué estaban ahí.

Continué la ruta hasta la casa porque no tenía batería y la incomunicación no me parecía opción. Durante el trayecto vi los muros de algunas casas colapsados, también una serie de transformadores de energía estrellados en el piso, muchos postes estaban acordonados para anunciarle al peatón la peligrosidad de estas maquinarias. El fraccionamiento de la casa había perdido los dos muros que los convertían en una “cerrada”, la caseta de vigilancia me parecía vulnerable. Llegué a las 7 pm a Rancho Sta Teresa, una residencial en calzada del Hueso y eje 3.

Ahí pude comer y solo eso porque no había energía eléctrica. Mi padre conectó algunos cables a la batería de uno de los automóviles, de esta manera echó a andar el televisor, el teléfono y una extensión donde cargamos nuestros celulares. Aunque ya tenía batería, no pude utilizarlo porque no había cobertura de mi proveedor de servicios celulares, aunque en la televisión se hacía el anunció de que usuarios de Telcel se podían realizar llamadas gratis, también se informó que varios puntos de acceso a Wi-Fi Infinitum (Telmex) en áreas púbicas (como parques y plazas) estarían abiertos. Mi padre había estado actualizándose por WhatsApp con sus contactos, me comentaba las noticias que le hacían llegar sus conocidos y minutos después lo confirmábamos en el noticiero permanente. Pasando la media noche mis padres me recogieron y fuimos a nuestro hogar en la colonia Doctores.

Antes, visitamos a mi abuela en la unidad habitacional CTM Culhuacán V sección. Me pareció que llegamos a una isla, ella había estado totalmente incomunicada salvo por la línea telefónica. No tenía luz y no utiliza el internet, así que le narramos nuestras experiencias individuales al momento del sismo y después vertimos todos los hechos que consideramos más relevantes “se cayó una casa aquí en Santa Ana”, comentó mi madre. La información que mi abuela tenía estaba desactualizada y se había informado por familia y amigos vía telefónica.

Miércoles 20 de septiembre.

Los noticieros daban cobertura a los grandes edificios colapsados y hacían cuenta de los decesos, eventualmente hablaban de lo daños en Puebla y Morelos. El flujo de información en casa e alimentaba con el televisor encendido y la información en tiempo real en redes. Las plataformas que utilicé fueron WhatsApp, Facebook, Twitter e Instagram, se actualizaban minuto a minuto, ninguno de mis contactos publicó algo que no tuviera relación con el sismo, y específicamente solicitando material y brindando información, entre cientos de publicaciones se leía:

“Se necesitan manos en Multifamiliar Tlalpan. También cubetas y agua”
“En Álvaro Obregón se ocupan médicos y enfermeras”

Conforme transcurrieron las horas, las publicaciones eran más específicas para que quienes las leyeran supieran la hora (y no aportar esfuerzos y recursos de más) y la ubicación. Algunos borramos las publicaciones pasada una hora para evitar la confusión:

“4:34 pm. Coahuila casi esquina con Cuauhtémoc se necesitan electrolitos y cubetas”.

Entre tanta información muchos no sabían qué se necesitaba con mayor urgencia. Prontamente se supo que las manos sobraban en torno a los edificios colapsados. Los que aún querían aportar prepararon alimentos o los compraron, y otros adquirieron material como palas, linternas, clavos, cuerdas, etc.

Me acompañaba Lucía, una médica de 23 años, quien me contaba su jornada del día anterior: aunque auxilio a algunas personas, los paramédicos y rescatistas le pedían mantenerse a raya del edifico colapsado en Zapata y Petén. Ella se encontraba en el hospital “de los Venados” cuando el sismo ocurrió, la totalidad del día anterior se dedicó a atender heridas leves y a mover escombros.

Al cruzar Cuauhtémoc el panorama cambiaba, la Roma es un hormiguero. En Jardín Pushkin se improvisó un centro de acopio, daban las 4 pm y se veían montañas de víveres, incluso se habían instalado ya casas de campaña para los damnificados. Igual que el día anterior en Rébsamen, vi gente organizando el tráfico, sosteniendo carteles anunciando lo que hacía falta; la novedad era quienes organizaban los recursos. Se notaba que 24 hrs después del temblor, existía mayor coordinación.

Como no sabíamos qué hacer, improvisamos ser una especie de comisión que verificara la información que se vertía en redes, es decir que asistíamos a los puntos neurálgicos, tomábamos fotografías y hacíamos contacto con la gente que ya se encontraba ahí para validar la información. Caminamos sobre av. Cuauhtémoc desde Jardín Pushkin hasta Hospital General. Fue en Coahuila donde había ocurrido un derrumbe, así que nos acercamos e hicimos contacto con Protección Civil, le preguntamos si era necesario material: guantes de carnaza y poleas. Esto sucedió de manera orgánica, hice la publicación “Se necesitan guantes de carnaza y poleas en Coahuila y Cuauhtémoc colonia Roma” y alguien me respondió en Facebook Messenger:

 -Hola. ¿Estás en el sitio?
-Sí.
-Enviaré una brigada de ciclistas con los materiales. ¿Tienes la dirección exacta?
-No, acordonaron la calle, pero se puede accesar. Es en la esquina de Coahuila y Cuauhtémoc.
-Pásame tu número para cualquier cosa.

Nos adentramos en la Doctores, caminábamos con rumbo al norte desde Hospital General y serpenteábamos en las calles para tratar de abarcar más territorio, pero la colonia estaba tranquila a pesar de que visitamos edificaciones que, desde nuestro punto de vista, se encuentran deterioradas, como la abandonada Posada del Sol en av. Niños Héroes. Dimos vuelta a la izquierda en Dr. Navarro que se encontraba acordonado, aunque sí se podía pasar.

La imagen del Conjunto Habitacional Morelos o “Soldominios” era desoladora, no solo por sus damnificados que se organizaban en grupos infórmales para hablar de sus situaciones “el crédito del INVI lo podemos tramitar para que repare el edifico”, sino por el esqueleto de aquellos edificios, sobre todo el “Osa Mayor”, que entre sus bastiones de concreto dejaba ver el interior de las habitaciones, como si fuera un museo a las alturas del hábitat íntimo de alguna de esas personas. Había unos siete soldados custodiando la zona y tres camiones militares que hacían guardia.

En este momento, uno de mis contactos que ya contaban con mi número, me marcó directamente. Me comentó que, además de organizar brigadas para enviar materiales, también estaba armando un mapeo de la ciudad, así que me solicitó verificar algunos puntos o incluir los que encontrara en el camino, así, le enviaba las fotografías y las direcciones por WhatsApp.

En ese momento nos sentimos inútiles, después nos dimos cuenta de que frente al mar de información lo que hacíamos era valioso, sobre todo porque el tránsito en la colonia era complicado y se necesitaban las vías abiertas. De pronto éramos quienes gestionábamos la llegada de materiales. Nos llamaban para corroborar datos, así que caminábamos a la dirección y verificábamos, hacíamos contacto, y pedíamos la información que iba de vuelta. Pocas veces la información era fraudulenta, pero estaba desactualizada o ya había tenido gran difusión.

En Jardín Pushkin y Tabasco otro edifico dejaba ver la intimidad de las habitaciones pues su pared se había desgajado, Protección Civil y voluntarios martilleaban el resto de la pared que ya estaba dañada mientras unas cien personas esparcidas veíamos el ejercicio. Seguimos por Álvaro Obregón que mantenía su vitalidad, pero de manera distinta. Los restaurantes, casi todos abiertos, anunciaban comida, Wi-fi y sanitarios gratuitos. Se reconocían a los médicos por su vestimenta blanca, a los paramédicos por su uniforme blanquiazul y a los voluntarios pro sus chalecos fluorescentes. La avenida estaba cerrada pero el tránsito de personas, era increíble.

Caminamos Frontera, Colima, Tabasco hasta Orizaba, aquí se había caído el castillo de la escuela “Renacimiento” y aplastó a un auto deportivo de lujo. No había heridos, pero los ladrillos ocupaban los dos carriles de la avenida que apenas estaba siendo limpiada por voluntarios y trabajadores del gobierno de esto me di cuenta por las calcomanías de los camiones que recogían el escombro (aunque no sé si delegacional o metropolitano).

Seguimos en línea recta por Chihuahua hacia el poniente de la colonia porque leímos un rumor en Twitter acerca del posible colapso del “Plaza Condesa” y el “Canadá”, el primero se encuentra cerca del parque España y el segundo sobre Insurgentes y Zacatecas. Insurgentes ya estaba acordonado por el ejército que dispersaba a los curiosos que se paseaban en la planta baja del edificio Canadá, pero a los alrededores caminaban voluntarios. Se destacaban sus labores por la manera en que vestían y las cosas que cargaban, unos descansaban en el filo de las banquetas con su casco y sus palas, otros repartían desde tortas hasta comida corrida, pan dulce y mole entre otras cosas, los menos transitaba con materiales de curación o botellas de agua.

Recibí una llamada de una compañera que, por mis publicaciones en Facebook, sabía que me encontraba en la colonia Roma. Me pidió ir a Medellín donde al parecer había un colega suyo atrapado en los escombros que twitteaba su situación. Nos acercamos al área que estaba acordonada y vigilada por miembros de Protección Civil, a una mujer le conté la situación y dio aviso a personas que estaban dentro de la zona, le pregunté qué sucedió y me dijo que un edificio acababa de derrumbarse. Transmití la información a la chica me llamó y le pedí que difundiera que se necesitaban algunos materiales que la mujer de Protección Civil me señaló. El hombre que supuestamente estaba atrapado yo también lo tenía en mi lista de contactos en Twitter y él a mí, por lo que comencé a recibir mensajes de desconocidos preguntándome si tenía alguna información adicional, así que corroboré el estatus del inmueble, pero no la situación del individuo pues la desconocía. Unos momentos después el dueño de esa cuenta en Twitter se deslindó de los hechos argumentando que había sido víctima de un hackeo.

Caminábamos entorno a esa zona que desbordaba de gente. Se veían camionetas llegar y descargar víveres con cadenas humanas. Había demasiado movimiento y nadie sabía demasiado, después nos enteraríamos de que varios edificios habían colapsado, aunque no sabíamos precisamente el sitio salvo por el nombre de las calles acordonadas. “Un médico, un médico”, volteé para advertir a mi compañera que ya corría atrás de la persona que la había solicitado, la seguí para que me diera sus cosas. Doblamos una esquina, no recuerdo cual, pero colindaba con Medellín, donde no se me permitió el paso y allí la esperé, regresó unos minutos después porque la atención médica estaba cubierta y había demasiados doctores atendiendo a las personas que lograban desenterrar de los escombros.

La Roma estaba invadida de voluntarios, gente joven en general, aunque es arriesgado caracterizarlos pues eran demasiados. Durante nuestra jornada no volvimos a ver militares o policías, aunque sí había miembros de Protección Civil. Estos últimos, además de atender los edificios colapsados, también hacían revisiones en los inmuebles dañados. Sobre San Lis Potosí vimos cómo desalojaban uno que en su plantaba baja estaba ocupado por una tienda de pinturas. Una mujer que se identificó como brigadista e ingeniera nos abordó como peatones y solicitó lamparas y lonas e impermeables (acababa de llover y eso había vuelto dificultosas las tareas de rescate).

Mi compañera tenía que irse, así que caminamos hasta Viaducto, de regreso aún tenía que gestionar la llegada de unas lámparas para el inmueble en riesgo de colapso, y electrolitos para los rescatistas en la calle de Medellín. La primera surgió sin mayor problema pues quien las traía venía a pie, había demorado mucho tiempo, pero la colonia estaba inaccesible, lo cual retardó mucho más a la persona que traía las bebidas ya que las cargaba en su automóvil. No obstante, eventualmente llegó el material a los puntos que fueron solicitados. Fue hasta las once de la noche que dejé de publicar y anuncié a mis contactos con quienes trabajé durante el día que me retiraría de la colonia. Varios siguieron consultándome para saber dónde llevar víveres, yo les recomendaba Jardín Pushkin, pero en breve me enteré de que este punto de acopio estaba rebasado y tuvieron que desplazarse a otros cercanos como el de Bellas Artes.

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